martes, 20 de marzo de 2018

Apuntes sobre Nicolas Winding Refn


 La primera película que yo vi de Nicolas Winding Refn, cuando su nombre no era más que el de otro director que está empezando, se remonta al año 2003 en el festival de Sitges. Su títulos Fear X. Aún recuerdo el silencio que se hizo tras finalizar la proyección en un festival en que se aplaude a casi todo, menos a veces a lo realmente bueno. Yo estaba fascinado. Fear X es un onírico viaje a los infiernos del dolor y la culpa, del odio, del rencor y finalmente a la esperanza de la redención en una de las películas lynchnianas (dicho con todo el respeto al maestro) más merecedoras de dicho calificativo, que se suele usar con estúpida asiduidad, que yo haya visto jamás. Con un John Turturro en estado de gracia y con una dirección brillante, precisa, inquietante y malsana, Fear X es una gran película que no me he cansado de reivindicar desde entonces, primero en privado, y nada más abrir el blog en mi lista de 200 imprescindibles de la década pasada. Aprovecho por enésima vez la ocasión para volver a hacerlo.

Fear X era la tercera película de Nicolas Winding Refn, su ópera prima fue Pusher: Un paseo por el abismo (una de las dos que he aprovechado para ver ahora, a raíz de este previo Sitges) en el año 1996, a la que siguió la poco conocida Fuera de sí justo antes de iniciar nueva década. Después de Fear X llegaría la segunda y tercera parte de Pusher (Con las manos ensangrentadas y Soy el ángel de la muerte) como cuarta y quinta película de su filmografía y antes de este Only God forgives vendrían Bronson, Valhalla Rising y la aclamada Drive

En mi particular descubrimiento de la filmografía del danés, la segunda película que vería sería Bronson, al darme cuenta de que aquella película que estaba circulando por festivales es del mismo director de Fear X. La verdad es que recuerdo muy vagamente Bronson y por ello no voy a dedicarle una reseña seria, pero sí recuerdo la enorme decepción y el aburrimiento que me supuso su visionado, una especie de cinta a lo Guy Ritchie aún peor que las del inglés (que no es santo de mi devoción) vacía, histérica y redundante. La suspendí sin compasión. Y probablemente allí hubiese acabado mi relación con este director (lo que hubiese sido un tremendo error) si no hubiese aparecido la sobresaliente Drive, hasta la fecha su mejor película, aunque como vamos a ver a día de hoy hay tres películas suyas (y me faltan tres por ver) que me resultan notables. De Drive no voy a decir nada a estas alturas. La vi en el festival de Sitges de hace dos años, la puntué con cinco estrellas de inmediato, la coloqué como la mejor cinta vista en el certamen y poco después, como el mejor estreno del año 2011 (os dejó aquí mis breves impresiones en Sitges 2011).

Así pues tras el anuncio del pase de Only God forgives en Sitges y mirando su filmografía para ver alguna película suya que no hubiese visto hasta ahora decidí hacer una sesión doble (en la que reconozco no tenía excesivas esperanzas) con su primera cinta, Pusher: Un paseo por el abismo y la cinta anterior a Drive, Valhalla Rising, películas a las que separan trece años. La primera es notable, la segunda la flipé y es de notable también, de los que casi se van aún más arriba en la calificación.

                                    
                
Pusher es una ópera prima hecha sin demasiado presupuesto y que nos recuerda a algunas de esas películas nórdicas que ahora ya conocemos en las que casi parece haber un toque amateur en la realización y en la factura. De estética algo granulada y sucia, la película empieza como una historia de camellos de poca monta bastante tópica, para poco a poco irse cargando de un guión de toques tarantinianos muy bien resueltos, un humor contundente y corrosivo, pero sobre todo un nervio en algunos momentos de la narración realmente destacable, en que podemos oler la histeria en la que se sumerge el protagonista, su desesperación. La cinta logra aunar thriller y drama no exento de ironía, todo bien cargado ya de una considerable violencia y la concluye de forma fantástica, para dejar el buen sabor de boca definitivo. Una ópera prima realmente potente y destacable, muy en la tradición de cierto cine de drogas nervioso y algo pasado de rosca que se realizaba a finales de los 90, de la que ahora mismo me apetece descubrir sus dos continuaciones. Muy interesante. 


               
Valhalla Rising es de esas películas que me pueden. Primero de todo quiero dejar claro que estoy segurísimo de que mucha la gente la odia, o la odiará si la ve. Para mí fue una experiencia fascinante de la que solo me sabe mal no haberla podido disfrutar en una sala de cine. La acción se sitúa en plena Edad Media y nos muestra a unos vikingos y a un enigmático y fuerte y violento guerrero al que le falta un ojo. Un guerrero que tienen cautivo y que usan para luchas de circo y que logrará escapar. Pero el guión, la verdad, es lo de menos en esta película pretenciosa y vacilona que juega con la paciencia del espectador y que deja la narración en un segundo plano a merced de una estética y una ambientación alucinante. Con enormes paisajes naturales bellamente fotografiados, cargada de ralentís excesivos, continuados, haciendo gala de una violencia extrema, repleta de niebla y de dolor y de bestialidad, Valhalla Rising es una experiencia onírica que o bien te fascina o bien termina contigo, una cinta atrevida y sin ningún tipo de mesura, alucinógena y que demuestra antes de Drive la fascinante capacidad de dirigir de un realizador que crea belleza de la violencia, del desarraigo, del dolor, del gore. Que crea mundos, universos, que se deja influenciar pero que respira autenticidad. Brutal. 





martes, 13 de febrero de 2018

Mis apuntes sobre Brillante Mendoza






Excepto El masajista, todas la películas que había visto hasta la fecha de Brillante Mendoza me parecen como mínimo de notable y en dos casos dignas del sobresaliente. No ha variado para nada mi admiración por el filipino tras poder visionar otras dos cintas suyas para este previo Sitges, Tirador (2007) y Manoro (2006). Ambas merecen un ocho sin ninguna duda. La primera la vi porque un familiar me tradujo unos subtítulos del francés al español. No los he colgado en la red porque dicho familiar vivió en África hace más de diez años y tras perder la práctica del idioma, los subtítulos eran justitos (además los tradujo sin la película delante, lo que es un gran handicap). Pero a modo personal y sabiendo de sus muchas imperfecciones, para todos aquellos interesados que quieran disponer de ellos, me pueden envíar un mail a davidamorosn@gmail.com y se los haré llegar. Una cosa os aseguro, son suficientes para entender lo necesario del film. Manoro la vi en una copia que circula con subtítulos en inglés. Hay una gran parte no dialogada y la dialogada, la pude seguir en un porcentaje bastante elevado, así que os podéis lanzar a ella sin miedos. Se sigue sin problemas. 

Manoro, la tercera cinta de Mendoza, se mueve muy cerca del cine documental, flirteando con él, dotándolo de ficciones para explicar una historia y mostrarnos unos lugares. De hecho es habitual en Brillante Mendoza ese cine fronterizo entre el documental y la ficción en alguna de sus pelis y también que en sus películas tenga tanta o más importancia los lugares que nos muestra como las historias en sí. En Manoro nos alejamos de las habituales chabolas de Manila o de la parte más ruidosa y caótica de la ciudad para sumergirnos en la Filipinas rural, totalmente aislada y casi olvidada. Seguimos a una niña aeta (una de las minorías del país que suelen ser marginadas) que tras terminar sus humildes estudios regresa a su poblado con el objetivo de ayudar a votar a sus familiares y gente próxima en las elecciones que se celebrarán en breve. Tanto las dificultades de la burocracia a la hora de admitir el voto como el hecho de tener que saber escribir y leer para emitirlo, termina con la abstención obligada de una amplia mayoría de estas zonas. Mendoza nos muestra como vive esta gente aislada en su medio rural, nos muestra las dificultades para emitir el voto, nos muestra la relación de la chica con sus allegados y en un intermedio de más de un tercio de la película, sigue a la chica y a otro personaje cámara en mano por los paisajes grandiosos que rodean al poblado, en busca de una tercera persona, en lo que quizás es el mejor momento de un film que muestra muy pronto la madurez del director filipino y su particular universo y manera de acercarse a la narración. Francamente buena. Notable de los altos.

Por su parte Tirador es la cinta justamente anterior a Foster Child. Ahí Mendoza sí que se acerca a las chabolas de Manila para explicarnos una historia sin una linea argumental demasiado definida. A partir de mínimas historias de diversos habitantes de dicha zona a modo de película coral, lo que realmente le importa a Mendoza es que dicha zona sea un personaje más, perfecta para enmarcar  las dificultades de sus habitantes para salir adelante en la vida, de sus miserias, su necesidad de delinquir (de ahí el título de la peli) y como no su caos, su violencia. Y la ruina pero al mismo tiempo cierta vitalidad en una forma de vivir callejera que a veces parece cobrar sentido. 
Los materiales habituales de Mendoza emergen una y otra vez durante el visionado de Tirador, quizás no tan depurados como en sus siguientes films, pero sí ya lo suficientemente potentes como para llamar la atención de su talento: El enorme caos, el sexo, las gentes desfavorecidas, la vida cotidiana y esos momentos de una belleza inesperada que surgen y fluyen y te enganchan a la pantalla como hipnotizado. 
Una película que más que una historia al uso es una auténtica experiencia audiovisual y sensorial, lo que no le resta que en algunos momentos nos llegue como historia coral e incluso nos emocione. De nuevo notable y muy recomendable recuperarla para los fans del director filipino.

jueves, 7 de diciembre de 2017

La simetría en Only God Forgives

Estos días tenemos la suerte de poder disfrutar en la cartelera de dos de los más interesantes estrenos en lo que llevamos de año, películas además, muy distintas entre sí y ambas no aptas para todos los paladares. Una de ellas es la realista La vida de Adèle, la mejor historia de amor en lo que llevamos de año junto a Laurence anyways. La otra es todo lo contrario, el artificio híper estético Only God forgives (Solo Dios perdona). Una cinta que dirige uno de esos talentos que de vez en cuando irrumpen en el panorama cinematográfico, Nicolas Winding Refn, que tras la sobresaliente Drive vuelve a acercarnos a un mundo esteta de violencia, más depurado si cabe y sin coartada emocional para que el espectador se identifique. El resultado pues, más duro, más seco, llega a un número de espectadores menor pero reafirma al director danés como lo que es, un artista independiente que no teme las reacciones del público. Y es que a parte de una historia perfecta que se basa más en lo no explicado que en lo contado (un handicap para conectar con el público en los tiempos que corren) la experiencia visual y sensorial de ver Only God Forgives en una pantalla de cine (lo he hecho dos veces) es de las que cuesta de encontrar. Con influencias que van de Lynch a Noé pasando por Wong Kar-Wai, el cineasta danés nos ofrece una obra personal en la que me llama mucho la atención los encuadres simétricos, una auténtica delicia que hacen de cada fotograma una obra de intenciones artísticas. No voy a hacer una crítica más larga de la película. Para los interesados coincido plenamente con la que hizo hace pocos días Ciudadano Noddles aquí. Este post, como en parte la película, pretende ser solo visual. Y muy concreto. Vamos a ver encuadres simétricos que son arte. Que son símbolo de artificiosidad. De frialdad. Como pretende ser la película. Que son perfección. La simetría en Only God Forgives


domingo, 15 de octubre de 2017

4ª Crónica de Sitges 2017 (50 aniversario)

Terminamos las crónicas de esta brillante 50 edición del Festival de Sitges con las últimas películas vistas durante los últimos días de festival que merecen la pena destacar. Sin duda una de las gratas sorpresas de esta edición es Brigsby Bear, una pequeña película sobre un chico que una circunstancia ajena a él le hace aparecer en plena juventud en un mundo real que le desborda. Su forma de intentar adaptarse a él va a ser creando una película, el Brigsby Bear del título. Esta tierna, dura y algo freak película va mucho más allá de su argumento y entre risa y ternura nos va a hablar de una generación que hemos sucumbido a la realidad del mundo aplastante cuando lo que en realidad nos interesaba era construir, no solo nuestra ficciones si no también un mundo a nuestra medida. Una oda a la creatividad como única forma de salvación en un entorno hostil que nos supera. Pura magia.

En un panorama artístico en que cada vez aparecen más presuntos rebeldes, pocos quedan de la talla y la insobornabilidad de Alejandro Jodorowsky. En esta segunda entrega de su biografía filmada titulada Poesía sin Fin, el genial director chileno hace y deshace la ficción a su antojo a partir de sus vivencias. Sin ninguna censura y con algunos escenas que cualquier otro director vendería como escandalosas pero que él incluye en su metraje con naturalidad, Jodorowsky carga de barrocas imágenes la pantalla para hablarnos de sentimientos. De su sexualidad, de su honor, de sus dudas, de su reafirmación como individuo. Todo cabe en en una película que como su propio título indica está impregnada de Poesía, con mayúsculas, la absoluta, la que solo los genios, los grandes, dominan. La que va mucho más allá de una vida para universalizar los sentimientos. La de Jodorowsky.

Yo amé a John Cameron Mitchell. Hedwig and the Angry Inch me parece una de las películas más bonitas, sinceras e  inspiradas de los últimos años. Sus canciones, su verdad, su sutileza impregna de tristeza y dolor un pantalla que al tiempo quiere latir, de sentimientos, de vida. Por eso me enfade tanto cuando en Shortbus explicaba lo mismo sustituyendo la sutileza por el trazo grueso, lo escandaloso, lo vulgar. Y pensé ya en desconectarme de su cine con el despropósito de Rabbit Hole. Por suerte no lo hice. Y es que este How to Talk to Girls at Parties es un divertimento ultrapop totalmente disfrutable. Punk, sectas y extraterrestres se dan la mano para levantar una película muy imaginativa y marciana en que el petardeo es la máxima filosofía a seguir. Con una Elle Fanning que cada vez es más musa y una Nicole Kidman, ahora sí espléndida, John Cameron Mitchell resurge de sus cenizas en una cinta que quizás pueda ser menor, pero que será de culto en tres, dos, uno...

En Dave Made a Maze, el protagonista, Dvid, un joven inadaptado que vive en su propia realidad, construye un laberinto de cartón en su propias casa. El problema vendrá cuando entre en él y éste tome vida propia impidiéndole salir y cargando su estancia de peligros. Sus amigos acudirán en su ayuda. Pero salir del laberinto no va a resultar nada fácil. Este es el argumento de una original y muy artesana película que bebe de los mundos de Kaufman y Gondry para proporcionar una diversión muy empática, muy disfrutable y con momentos muy hilarantes. Su handicap es que es un mediometraje algo hinchado y en su segunda mitad baja la intensidad y el gran nivel que la película había exhibido en su primera parte. Pese a todo un buen divertimento.

Quisiera terminar estas crónicas rescatando Boys in the Trees, una irregular y probablemente algo fallida película australiana pero que pretende hablar de descubrimiento sexual y marginalidad a través de un ficción de terror situada en la noche de Halloween de 1997 y que por momentos roza lo onírico. A veces ridícula, a veces atrevida, a veces sensual, a veces imaginativa, siempre amanerada, Boys in Trees, ópera prima de Nicholas Verso, posee personalidad suficiente y ganas de arriesgar y contar una historia usando el género  como para no restarle importancia y esperar a la próxima película de su realizador para ver por donde van los tiros.

Año genial en Sitges. Enorme nivel como se esperaba de este flamante 50 aniversario. A por el 51. Por poco que podamos, allí estaremos.

jueves, 12 de octubre de 2017

3ª Crónica Festival Sitges 2017 (50 aniversario)

Shunji Iwai es un director japonés un poco al margen del sistema, con una narrativa muy especial, que sin embargo nos ha dado películas tan interesantes como Picnic, Todo sobre Lily o El caso de Hama y Alice. A Bride for Rip Van Winkle tenía el handicap de su duración, tres horas, sobre todo en el contexto de un festival en que a veces las películas especialmente largas tienden a atragantarse. Pero no fue el caso si no todo lo contrario. En su extenso metraje Shunji Iwai no solo nunca te hace caer en el sopor sino que además, y esta es una característica rara en el cine de hoy día, te va sorprendiendo a cada giro argumental. La película empieza en un sitio, continua por otro y termina en uno totalmente distinto. Y uno termina por enamorarse de unos personajes, que como la película, van de aquí para allá en busca de su propia dignidad, aunque esta suponga dar tumbos sin parar, para buscarse, para encontrarse, a veces para ser feliz, las más para salir a flote. A Bride for Rip Van Winkle son tres horas de humanismo, tres horas de personas japonesas que bien podríamos ser nosotros. Tres horas de cine sorprendente, cercano y entusiasta. Un must.

A David Lowery ya lo conocía. En Americana, festival en el que trabajo, programamos en nuestro primer año la hermosa y triste Ain't Them Bodies Saints, con Rooney Mata y Cassey Affleck. Así que cuando vimos el hermoso trailer de A Ghost Story con el mismo reparto que aquélla, no pudimos más que desear que la pudiésemos llevar a nuestra nueva edición de Americana en marzo. Pero el tema fantástico nos hizo temer lo que pasó. Que Sitges se nos adelantó. Dato al final irrelevante porque la película se estrenó semanas después de su pase en Sitges y por lo tanto, mucho antes de nuestro Americana. A Ghost Story, más que una película normal es un estado de ánimo. La tristeza lacónica ante la pérdida se apodera de la pantalla para terminar siendo un extraño poema sobre la tristeza infinita, intrínseca al ser humano, sus deambulaciones por la historia, el tiempo, sus penas infinitas. Con un final in crescendo que hace de su visionado una experiencia sensorial, trascendental, poética y sentimental difícilmente igualable en el cine actual. Pura magia. Porque la Mara al final se come el pastel. Y todo fluye...

Thelma de Joaquim Trier es otro de los grandes títulos de este Sitges. Terror psicológico y atmosférico, sensorial, de los de pensar y rellenar una vez finalizado el visionado. Estilizada historia de posesiones que también es historia de despertar sexual y emocional en la adolescencia, como otras propuestas actuales como Crudo o Blue my mind pero aquí todo mezclado con ese hieratismo nórdico, la religión y la homosexualidad. El cóctel resultante es cine de género de quilates, inquietante, con un magnetismo absoluto mérito tanto de la dirección de Trier como de la actuación de Eili Harboe. Cine de autor de género, una nueva ola que los últimos años está renovando el terror desde dentro, desde la misma entraña.

Kiyoshi Kurosawa es un clásico en  Sitges. Cierto es que los últimos años del cineasta son algo más irregulares y que un servidor no recuerda la contundencia y la excelencia de algunos de sus primeros trabajos en estos últimos tiempos. Título lejanos como Retribution, Kairo o Sense todavía no han sido igualados a día de hoy. Pero un poco a la contra, en Before We Vanish me parece que el prestigioso director japonés retoma algunas de sus virtudes de forma clara. Es cierto que a una película que confía en la inteligencia del espectador le sobra un final tan explicativo, pese a su romanticismo exacerbado y ese "oh" que expresa el chico al descubrir los sentimientos de su pareja y que es ya uno de los instantes más hermosos de Kurosawa, pero esa ciencia ficción que en el fondo de lo que habla es de alienación, ese ritmo pausado que nos cuenta lo que vemos para en el fondo mirar a la tangente, ese dominio de la técnica, de los espacios, de los silencios, de las metáforas, esa sociedad cambiante, difusa, perdida, éso, es puro Kiyoshi Kurosawa. Before We Vanish nos ofrece por momentos lo mejor del director, aunque a veces no termine de centrar su mirada y no termine de llegar a buen puerto.

Tras la apreciable Spring, Justin Benson y Aaron Moorhead regresan a Sitges con la adictiva The Endless. Ambos dirigen, producen, escriben, componen la música y actúan en la película. Al mérito de tal atrevimiento digno casi del renacimiento, el resultado es absolutamente destacable. The Endless es un rompecabezas que empieza como una peli indie de hermanos sin un lugar en el mundo y que durante su metraje flirtea con el terror, el cine de sectas, la ciencia ficción, los extraterrestres y los viajes en el tiempo. Ahí es nada. Con una dirección que va enseñando sus argumentos a pedazos, con calma, la película se disfruta como un rompecabezas paranoico que quizás, al final, peque un poco de gratuito. O no. Todo depende de las conclusiones que uno saque al juntar las piezas. Pero su mérito está ahí. Con muy poco más de una hora y media pegado a la butaca. Y unas cuantas horas después comiéndose la olla. ¿Quién da más?